
Algunas de las clases que doy son particulares. Cada vez que he ido a una casa nueva, antes de llamar al timbre el primer día, me pregunto qué me voy a encontrar. He visto un poco de todo en los años que llevo impartiéndolas. Este año, además, he comprobado que es verdad que las apariencia engañan.
Una de las madre es encantadora. Muy simpática y siempre atenta. Sus hijos, sin embargo, no creo que tengan la misma imagen de ella. Sobre todo cuando llega la hora de los deberes. Hace una semanas, mientras daba clase a uno de ellos, el otro repasaba un examen con ella. Me quedé helada. El niño debía estar ya un poco saturado y se confundía en algunas cosas. Hizo mal un problema y se llevo como castigo un sonoro bofetón que se oyó desde donde yo estaba, dos habitaciones más allá, con dos puertas cerradas. El niño siempre acaba llorando cuando estudia, y ella le grita constantemente.
No es la primera vez que veo algo así, ni será la última.
Estamos llegando a una situación un poco insostenible que puede que estemos provocando nosotros mismos. Mi padre solía asegurarse de que yo hiciese mis deberes o me explicaba las cosas que no terminaba de entender. Eso se ve cada vez menos. No se puede o no se quiere renunciar al trabajo de ambos padres, depende del caso de cada uno. Después de una jornada interminable cuesta ponerse con los niños, y se relega ese trabajo cada vez más a los desconocidos.
Lo malo es que esa solución suele provocar un efecto rebote. Los niños cada vez pasan más de todo. Para ellos no ver apenas a sus padres o que no pasen suficiente tiempo con ellos supone mucho descontrol.
¿Pero qué van a hacer los padres si no lo vieron venir, si es ahora que tienen una familia cuando se dan cuenta de que no llegan a fin de mes? ¿Qué hacer si no quedan energías al final del día? ¿Qué hacer con todos esos niños que no saben de rutinas, ni de obligaciones ni de lo que no se debe hacer?
No soy partidaria de los convencionalismos puros y duros, pero tampoco del pequeño caos en el que se está convirtiendo nuestro alrededor. Siempre ha sido así supongo, no es nuevo el hecho de preguntarse: "¿dónde vamos a llegar?", pero para mí es una pregunta inevitable cada vez que veo algo así.